Inquietante, grotesca, expresionista, (no)estética, surrealista, decadente, brutal…. Son adjetivos que acompañan cualquier presentación del Butoh. Una disciplina de danza (o mejor dicho, un crisol de técnicas de danza) nacida en Japón en 1950.
Autor: María Brea
El Teatro Pradillo, una de las salas que mayor esfuerzo hace por programar trabajos que podemos llamar de investigación y nuevas fronteras, nos trae durante este mes un ciclo dedicado a esta disciplina.
El Butoh nació de las manos de Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata. Conmovidos por el fatídico bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, comienzan la búsqueda de un nuevo cuerpo, el cuerpo de la postguerra. La primera pieza presentada al público fue Kinjiki (Colores prohibidos), de Tatsumi Hijikata. La obra exploraba un tema por entonces tabú: la homosexualidad, y lo hacía valiendose entre otros de imágenes cruentas. La asfixia de un pollo vivo entre las piernas del actor Ohno indignó a una audiencia acostumbrada a el refinamiento y la pulcritud.
El Butoh es una danza japonesa de gran expresividad que tiene como fin mostrar los estados mentales en libertad, dejando que estos traspasen el cuerpo, buscando la “libertad de la carne”. Esta disciplina carece de una técnica de danza fijada y se trabaja principalmente desde la meditación, la introspección y el entrenamiento físico, dejando de lado las cerradas y precisas cosmografías que caracterizan a casi todos los estilos de danza. Influenciada por el surrealismo y el expresionismo alemán, los actores, casi siempre desnudos y con el cuerpo pigmentado de blanco, recurren tanto a movimientos lentos, casi imperceptibles, y al silencio, como al frenetismo y la deconstrucción corporal. Se trata de una forma escénica muy alejada de lo que estamos acostumbrados a ver, y muy interesante. Una experiencia que no deja a nadie indiferente.