La salida de Bioshock marcó un antes y un después en la evolución de los First Person Shooter y facturó uno de los mundos más fascinantes que se recuerdan en la corta, pero intensa, historia de los videojuegos: la ciudad sumergida de Rapture. Dos años y medio después llega la hora de visitar de nuevo este particular Nueva York oceánico.
El guión de esta segunda parte nos coloca en la piel de un Big Daddy, los gigantescos buzos encargados de proteger a las pequeñas Little Sisters, piezas clave de la primera aventura, que seguiran siendo fundamentales en esta segunda parte. Pronto nos damos cuenta de que no somos un Big Daddy cualquiera, si no el primer prototipo, conocido como “Sujeto Delta”. Nuestro personaje tiene la particularidad de ser el único Big Daddy capaz de usar plásmidos, las modificaciones genéticas propias del Bishock. Como en la primera parte la historia sigue teniendo una importancia mayúscula y volveremos a meternos de lleno en el universo oculto de Rapture y su oscuro creador, el magnate Andrew Ryan. La acción se sitúa en los años 70, la ciudad ha evolucionado –a peor– desde que la dejáramos abandonada a su suerte en el primer título y ahora los splicers, los malos del lugar, son más grandes y poderosos. Además un nuevo poder ha surgido en la ciudad. Una antigua rival política de Andrew Ryan, Shopia Lamb, se ha hecho con el control de Rapture y los splicers trabajan ahora de forma organizada y en grupo. Además cuenta con una fuerza de élite, las Big Sisters, que serán los rivales más difíciles de batir en la aventura.
Las virtudes de ser un Big Daddy Nuestro nuevo personaje hace que cambie la dinámica del juego. Cómo defensor de las Little Sister tendremos que evitar que sean atacadas por los psicópatas habitantes de Rapture y para ello tendremos que darle especial importancia a los escenarios y los lugares por donde nos movemos. Aunque la dinámica de juego es similar a la del primer Bioshock hay partes en las que se fomentará un cariz más “estratégico”. También se ha modificado el hackeo de los sistemas de vigilancia, ahora no se detendrá la acción, y en vez de un puzzle encontraremos una prueba de habilidad. Otra novedad será la posibilidad de escapar de Rapture a lo largo del juego. Dada nuestra condición de buzo podremos abandonar la ciudad y salir al océano, un lugar mucho menos peligroso. Por lo demás seguiremos contando con un nutrido catálogo de plásmidos (modificaciones genéticas que funcionan a modo de armas) y un completo arsenal, al que se ha unido el poderoso taladro característico de los Big Daddys. Como no podría ser de otra manera el juego tiene, al igual que en la primera parte, distintos finales en función de las decisiones que tomemos a lo largo del juego. Otra vez se nos plantearán dilemas morales y tendremos que tomar decisiones sobre la vida de las Little Sisters.
Multijugador, por fin Si algo se le podía criticar de la primera entrega de Bioshock era la ausencia de un modo multijugador. Si bien la historia justificaba el juego por completo, todos nos imaginamos lo grato que sería poder echar una partida online con nuestros amigos en el universo Rapture. La gente de 2K games era consciente de ello y esta vez no han dejado escapar la oportunidad, máxime teniendo en cuenta que fueron los creadores del Unreal Tournament. El multijugador nos situa en un escenario distinto al de la trama principal, justo en plena guerra civil de Rapture, años antes del primer Bioshock. Podremos elegir una serie de personajes con nombres y apellidos y distintas habilidades. En nuestra lucha sin cuartel podremos usar todo tipo de elementos de nuestro entorno además de la ingente cantidad de plásmidos y armas. El multijugador funciona por niveles. Según vayamos ganado experiencia tendremos accesos a nuevos plásmidos y armas, de manera similar a la mecánica de Call of Duty.