SENSACIONES
Cómics
Última actualización 12/12/2008@11:27:30 GMT+1
Zeina Abirached (Beirut, 1981) está todavía muy cerca de los 25 años. Y sólo un poco más lejos de los 20. Pese a su juventud, la autora conoció los sinsabores de la guerra en su país, Líbano, un verdadero laberinto multicultural y multiconfesional.
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Aunque la guerra ya terminó Zeina Abirached la tiene muy presente. El recuerdo de esos tiempos ingratos la ha llevado a escribir El juego de las golondrinas, su última aportación a la novela gráfica. Un espléndido y conmovedor documento en blanco y negro transitado por la angustia, pero también por la esperanza y la solidaridad.
En su libro predominan el blanco y el negro. ¿De qué color ve a su país?
El Líbano que conocí en mi infancia es muy distinto del actual. Veo Beirut, mi ciudad, como un lugar multicolor, pero me pareció que el blanco y negro era el mejor modo de recordar ese Líbano. Me parecen los dos colores más eficaces. Otros habrían podido obstaculizar mi intención de hacer un retrato directo, distraer. El blanco y el negro me permiten representar sin representar.
¿De dónde sacó un título tan poético?
De una frase pintada en un muro próximo a la línea divisoria, que quizá lleve allí más de 20 años. “Morir, marcharse y regresar es el juego de las golondrinas”, dice. En esa frase hay un aspecto tierno, la golondrina, pero también un aspecto duro, la emigración. Las golondrinas son para mí todos los libaneses.
¿La mejor solución para los jóvenes libaneses pasa por abandonar su país?
Marcharse no es la solución, aunque no soy la persona más indicada para decir esto ya que vivo en París. Es verdad que a partir de la guerra de 2006 muchos jóvenes abandonaron Líbano porque existía un peligro evidente, pero muchos están regresando. Escribí el libro pensando en el pasado, en los recuerdos de mi niñez, creyendo que la guerra era ya un capítulo cerrado, y llegó la de 2006. Para los padres, pensar que sus hijos pueden estar en peligro es algo insoportable, así que es normal que los animaran a abandonar el país.
¿Para los niños la guerra es igual de terrible que para los adultos?
Es terrible para todos. Los niños comprenden lo que sucede, aunque la gente lo disimule. Nacieron con la guerra y durante la reconstrucción del país eran demasiado jóvenes. Tal vez por ello se sienten excluidos. No poder tomar decisiones es más angustioso que la propia guerra.
Los conflictos en Líbano no han cesado prácticamente desde 1975. ¿Es fácil acostumbrarse a convivir con la guerra?
Nací seis años después, en 1981. Me parece fascinante cómo la gente se organiza en tiempo de guerra, cómo convierten cada acto cotidiano en un acto de resistencia. Tanto se acostumbran, que para las personas de mi generación el fin de la guerra supuso una ruptura de la normalidad. Tuvimos que aprender a enfrentarnos a eso.
¿Cómo era la línea verde que separaba el Beirut musulmán del cristiano?
Era una línea divisoria abstracta, no siempre física. En cierta ocasión la crucé y lo recuerdo como si hubiera estado en un país extranjero. Me sorprendía incluso que la gente hablara árabe. Esa línea sigue existiendo en el subconsciente. Es una lástima.
¿Quién o quiénes asolaron su país, considerado el “más hermoso de la tierra”?
Todo el mundo. Israelíes, palestinos, milicias musulmanas y cristianas. En el libro no tomo ninguna postura política o religiosa. Quería que el mensaje fuera universal aunque su contexto sea muy preciso.
¿Puede sacarse alguna enseñanza buena de las guerras?
He escuchado a compatriotas míos decir: “En la guerra sí que vivíamos bien”. En la paz, la gente echa de menos la solidaridad, por decir algo. En la guerra vivíamos más próximos, cada cual tenía un papel importante. Cuando esa burbuja explotó, muchas personas se quedaron fuera de ese esquema y aún no han encontrado sitio en la sociedad.